sábado, 17 de mayo de 2008

La Leyenda de los Volcanes (Colaboración de Hypatia)

Dentro de nuestras raices antiguas propias de los mexicanos, tenemos nuestras historias, nuestros cuentos, nuestras leyendas, y entre todas esas hay algunas de amor y valentía. Una de las historia de amor más hermosa de nuestros antepasados es la de "La Leyenda de los Volcanes". Nuestro Iztaccíhuatl y nuestro Popocatépetl juntos por toda la eternidad. Y quién mejor para compartir esta historia con nosotros que mi amiga Hypatia, a quien agradezco el que nos apoye con material de esta ídole para conocer mas sobre nuestra formación como pueblo mexicano, sobre nuestras raices. espero que les guste.

Las huestes del Imperio Azteca regresaban de la guerra, pero no sonaban ni los teponaxtles ni las caracolas, ni el huéhuetl hacía rebotar sus percusiones en las calles y en los templos: Tampoco las chirimías esparcían su aflautado tono en el vasto Valle del Anáhuac, y sobre el verdiazul espejante de los cinco lagos (Chalco, Xochimilco, Texcoco, Ecatepec y Tzompanco) se reflejaba un menguado ejército en derrotaHacia largo tiempo que un grande y bien armado contingente de guerreros aztecas había salido en son de conquista hacia las tierras del sur, allá en donde moraban los olmecas, los xilacanca, los zapotecas y los vixtotis, a quienes era preciso ungir al ya enorme señorío de Anáhuac.

Dos ciclos lunares habían transcurrido y se pensaba ya en un asentamiento de conquista. Sin embargo, regresaban los guerreros abatidos y llenos de vergüenza.

Durante dos lunas habían luchado. A pesar de su valiente lucha y sus conocimientos de guerra aprendidos en Calmecac – que era así llamado -, mazas rotas, las macanas desdentadas, maltrechos los escudos aunque ensangrentados con la sangre de sus enemigos.

Venía al frente de esta hueste, triste y desencantado, un guerrero azteca que, a pesar de sus desgarradas ropas y del revuelto penacho multicolores conservaba su gallardía, su altivez y el orgullo de su estirpe.

Ocultaban los hombres sus rostros y las mujeres lloraban y corrían a esconder a sus hijos para que no fueran testigos de aquel retorno deshonroso.

Solo una mujer no lloraba. Atónita miraba con asombro al bizarro guerrero Azteca que con su talante altivo y ojos serenos quería demostrar que había luchado y perdido en buena lid contra un abrumador número de hombres de las razas del sur. La mujer palideció y su rostro se tornó blanco como el lirio de los lagos al sentir la mirada del guerrero azteca que clavó en ella sus ojos vivaces, oscuros.

Y Xochiquetzal –que así se llamaba la mujer que quiere decir hermosa flor--, sintió que se marchitaba de improviso, porque aquel guerrero azteca era su amado y le había jurado amor eterno. Se revolvió furiosa Xochiquetzal para ver con odio profundo al tlaxcalteca que la había hecho su esposa una semana antes, jurándole y llenándola de engaños, diciéndole que el guerrero azteca, su dulce amado, había caído muerto en la guerra contra los zapotecas.

- Me has mentido, hombre vil y mas ponzoñoso que el mismo Tzompetláctl – que quiere decir escorpión -. Me has engañado para poder casarte conmigo, pero yo no te amo porque siempre lo he amado a él y él ha regresado y seguiré amándolo para siempre.

Xochiquetzal lanzó mil denuestos contra el falaz tlaxcalteca y levantando la orla de su huipil, echó a correr por la llanura, gimiendo su intensa desventura de amor.

Su grácil figura se reflejaba sobre las irisadas superficies de las aguas del gran Lago de Texcoco, cuando el guerrero azteca se volvió para mirarla. Y vió correr seguida del marido y pudo comprobar que ella huía despavorida. Entonces, apretó con furia el puño de la macana y separándose de la fila de los guerreros humillados, se lanzó en seguimiento de los dos.

Pocos pasos separaban a la ya hermosa Xochiquetzal del marido despreciable, cuando les dio alcance el guerrero azteca. No hubo ningún intercambio de palabras, porque toda palabra y razón sobraban allí. El Tlaxcalteca extrajo el venablo que ocultaba bajo la tilma y el azteca esgrimo su macana dentada incrustada de dientes de jaguar o de coyamel que así se llamaba el jabalí.

Chocaron el amor y la mentira. El venablo con erizada punta de pedernal buscaba el pecho del guerrero y el azteca mandaba furiosos golpes de macana en dirección del cráneo del que había robado a su amada haciendo uso de arteras engañifas. Y así se fueron yendo, alejándose del valle, cruzando en la más ruda pelea entre lagunas donde saltaban los ajolotes y las xochocalt, que quiere decir “ranitas verdes” de las orillas limosas.

Mucho tiempo duró aquel duelo. El tlaxcalteca defendiendo a su mujer y su mentira. El azteca, el amor de la mujer a quien amaba y por quien tuvo arrestos para regresar vivo al Anáhuac. Al fin ya casi al atardecer, el azteca pudo herir de muerte al tlaxcalteca, quien huyó hacia su tierra, tal vez en busca de ayuda para vengarse del azteca.

El vencedor por el amor y la verdad, regresó buscando a su amada Xochiquetzal y la encontró tendida para siempre a la mitad del Valle, porque una mujer que amó como ella no podía soportar la pena y la vergüenza de haber sido de otro hombre cuando en realidad amaba al dueño de su ser y le había jurado fidelidad eterna.

El guerrero azteca se arrodilló a su lado y lloró con los hojos y con el alma. Cortó maravillas y flores de xoxocotzin con las cuales cubrió el cuerpo inanimado de la hermosa Xochiquetzal. Coronó sus sienes con las fragantes flores de Yolochochitl, que es la “Flor del Corazón” y trajo un incensario en donde quemó copal, luego zenzontle llamado zenzontletole, “porque imita las voces de otros pajarillos” y quiere decir cuatrocientos trinos, pues cuatrocientos tonos de cantos dulces lanza esta avecilla.

Por el cielo en nubarrones cruzó Tlahuelpoch, que es el mensajero de la muerte y cuenta la leyenda, que en un momento dado estremeció la tierra y el relámpago atronó el espacio y ocurrió un cataclismo del que no hablaban las tradiciones orales de los tlaquiches, que son los viejos sabios y adivinos, ni los tlacuitos habían inscrito en sus pasmosos códices. Todo tembló y se anubló la tierra y cayeron piedras de fuego sobre los cinco lagos, el cielo se hizo tenebroso y las gentes del Anáhuac se llenaron de pavor.

Al amanecer estaban allí, donde antes era el valle, dos montañas nevadas, una que tenía la forma inconfundible de una mujer recostada sobre un túmulo de flores blancas, y otra alta elevada adoptando la figura de un guerrero azteca, arrodillado junto a los pies nevados de una impresionante escultura de hielo.Las flores de las alturas que llamaban tepexóchitl por crecer en las montañas y entre los pinares junto con el aljófar mañanero cubrieron de blanco sudario las faldas de la muerta y pusieron alba blancura de nieve hermosa en sus senos y en sus muslos y la cubrieron toda de armiño.

Desde entonces, esos dos volcanes que hoy vigilan el hermoso valle de Anáhuac tuvieron por nombres Iztaccíhuatl, que quiere decir “mujer dormida” y Popocatépetl, que quiere decir “montaña que humea”, ya que a veces suele escapar el humo del inmenso pebetero.

En cuanto al cobarde engañador tlaxcalteca, según se dice también en esta leyenda, fue a dormir desorientado muy cerca de su tierra y también se hizó montaña y se cubrió de nieve y le pusieron por nombre Poyautecatl, que quiere decir “señor crepuscular”, y posteriormente Cicatépetl o Cerro de la Estrella. Se dice que desde allá lejos vigila el sueño de los dos amantes a quienes nunca podrá ya separar.

Eran los tiempos en los que se adoraba al dios coyote y al dios colibrí, y en el panteón Azteca, las montañas eran dioses y recibían tributos de flores y cantos porque de sus faldas escurre el agua que vivifica y fertiliza los campos. Durante muchos años y poco antes de la conquista las doncellas muertas en amores desdichadas o por mal de amor eran sepultadas en las faldas de Iztaccíhuatl, de Xochiquetzal, la mujer que murió de pena y de amor y que hoy yace convertida en nívea montaña de perenne armiño.
Créditos: Hypatia (muchas gracias amiga)
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